Jornada de reflexión

No mentiré si digo que desde mis 18 años me ha hecho ilusión ir a votar. La sensación es de ser un domingo especial en el que se celebra un cumpleaños, o algo importante. Y de hecho así debería de ser: una celebración de la democracia… Pero ¿realmente es así?

Como no es legal hacer ningún tipo de propaganda electoral el día anterior, solo reflexionaré ante una realidad terriblemente cruel: no sé a quién votar.
Afortunadamente a mis casi 39 me he rodeado de gente inteligente, gente con valores (similares a los míos), con capacidad de debatir sobre las diferentes realidades y partidos políticos. Empresarios, funcionarios, obreros, autónomos o asalariados, a los que he ido preguntando si tenían claro su voto. A veces me inspiro en los conocimientos de los demás, porque queridos, sé de muchas cosas, pero no de todas. Y para bien o para mal, votamos tanto el «nini» del barrio, como el pijo de Madrid, como yo.

Y la decepción llegó en sus respuestas: nadie lo sabía. Nadie votará con ilusión, con convencimiento de cambiar las cosas, con ganas reales de votar.

«¿Será la edad?» Eso es algo que me he preguntado también… Ya nos somos jóvenes inexpertos con ansias de cambiar el mundo dispuestos a unirse por la lucha de causas perdidas. En nuestra realidad somos personas que se esfuerzan día a día por un futuro (inmediato) mejor. Futuro inmediato porque pensar más lejos de mañana nos da pánico: mañana no existe, solemos repetirnos mintiéndonos.

Pero sé que no es la edad. Son las decepciones. A todos nos han decepcionado en la vida, amores, familias, amigos… Pero es que en la política, los milenials somos los grandes damnificados en cuanto a desilusión se refiere. Nuestros padres lucharon por mantener la libertad, lucharon contra ETA, lucharon contra el fascismo, y tuvieron grandes figuras a los que ofrecer su voto y su confianza.
Cuando nos llegó el turno, tuvimos políticos-actores que nos prometieron que podíamos con todo, un cambio que tanto deseábamos lejos del bipartidismo tradicional que nos hartaba. Y estos personajes no solo demostraron que no eran capaces de dar ni hacer nada, sino que nos quitaron muchas cosas más, mientras España seguía entre los dos colores habituales.

Algunos siguen ahí, otros se desintegraron por el camino, seguramente todos ellos con un sueldo vitalicio que sale de tus (y mis) impuestos.

Somos el país con mayor número de políticos por habitante y ninguno de ellos nos convence. ¿La solución? No votar no es una opción. Es un derecho que nada podrá quitarnos ya.

Mañana como muchos de vosotros acudiré a la mesa electoral con mi voto. Sin esperanza, sin ilusión, sin saber si echarlo a suertes o ser fiel a mi ideología. ¿La solución? Se aceptan sugerencias.

Feliz jornada electoral.

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