Uno de mis rasgos más característicos en mis treinta años es que me fiaba de todo el mundo. Nadie me parece malo por naturaleza y todo el mundo es inocente hasta que me demuestra lo contrario.
Pero es cierto que a los 39 y poco más, la cosa empieza a cambiar… Mis alertas saltan ante cualquier atisbo de mentira o troleo y os diré que, por un lado, me agrada sentir el dulce sabor de la experiencia, pero por otro, me decepciona demasiada gente.
A todos nos han contado alguna vez la metáfora de que la confianza es como un folio en blanco impoluto. Cuando alguien te engaña una vez, el folio se hace una bola y se arruga. Cuando esa persona te pide perdón, intenta restaurar el daño causado, estira el folio al máximo, pero nunca vuelve a tener el mismo aspecto. ¿Alguien ha logrado alguna vez volver a confiar en una persona que le ha engañado una vez?
Los psicólogos (y los sacerdotes) abogan por el perdón, pero creo que es mucho más sencillo perdonar que olvidar. Infinitamente más.
Aunque mi memoria a corto y largo plazo os puedo asegurar que carece de espacio libre, marco muy a fuego el concepto de «confiar pero verificar» en mi día a día. Sí, porque la ingenuidad de los veinte quedó atrás, y con ella, esos días en los que creíamos que las intenciones de todos eran puras y castas. ¿Sois conscientes de la cantidad de mentiras que oímos a nuestro alrededor? Hablo de los medios de comunicación, redes sociales… pero también de esa «mentira piadosa» o ese «te oculto información por tu bien». ¿Por mi bien? Por mi bien, dime siempre la verdad. Luego decido yo cómo la gestiono.
Añoro los días en que podía dejarme llevar por las palabras sin cuestionar su autenticidad. Siempre me imaginé que este cambio de perspectiva llegaría a mis cincuenta, acompañado de una repentina afición por la cocina o la jardinería. Pero, oh sorpresa, los 39 y un poquito más me han dado este regalo de sospecha cosntante.
Es curioso cómo antes mi confianza era como un vestido elegante y ligero, que llevaba puesto en todas las estaciones. Ahora, esa confianza se ha convertido en una chaqueta (muy mona, estilo La Condesa eso sí) blindada, con un detector de mentiras incorporado en el bolsillo. Y aunque es cierto que esta nueva perspectiva me ha ahorrado unas cuantas decepciones, no puedo evitar sentir una punzada de melancolía por la Leti de antes.
Así que aquí estoy, en el punto intermedio entre confiar con los ojos cerrados y la precaución eterna, tratando de hallar esa perfecta simetría tanto en mis asuntos laborales como en mi vida personal.
Y ojo, es importante tener claro una cosa: que desconfíe de algo no significa que me aleje de ello. Ese es otro instinto que debo seguir practicando… Pero todo llegará.



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