Guardo fotos en papel con una frase detrás que las pone en contexto desde que tengo uso de razón.
Guardo entradas de museos, de cine, notitas que nos pasábamos las compañeras en clase, el «bono-mes» con el que subía al autobús para ir al colegio…
Tengo un solo perfume que me recuerda quién soy, y guardo en mi memoria olores asociados a personas y lugares.
Tengo la maravillosa capacidad de recordar sentimientos: la atracción, el amor, también el dolor o el miedo que me han causado diferentes momentos de mi vida. Soy capaz de volver a sentirlos.
Gracias a mi madre, tengo guardados muchos de los juguetes que tuve de pequeña: Barbie, «pinypones», muñecas y legos que están perfectamente empaquetados en el pueblo.
Guardo pocos nombres en mi cabeza, y casi ningún número de teléfono. Tampoco las caras de muchas personas que han pasado por mi vida. No soy capaz de recordarlas a todas, y es que a mis 39 han sido muchas.
Guardo más experiencias que cosas materiales, porque son mucho más poderosas, algo que aprendí no hace muchos años…
Guardo muchas cosas para volver a mirarlas cuando sea necesario. Porque puede que en unos años se me olviden, puede que pierda la capacidad de recordar, pero si eso ocurriera, quiero volver a mirar, oler y tocar todas esas cosas, para después sentirlas.
Y si sigo sin acordarme, al menos leeré las mejores historias jamás contadas. Veré fotos con sonrisas de gente feliz, y si somos tú y yo, estoy segura de que me daré cuenta.
Pero si eres tú quien se olvida… ay… si eres tú, te prometo que te contaré esas historias todas las veces que sea necesario. Todas. Escrito queda aquí… por si me olvido.



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