De los recuerdos más nítidos que tengo del pueblo de mi madre, Loscos en la inexplorada provincia de Teruel, es la de un huevo de madera en el costurero de mi abuela Angeles (no le pongo tilde porque se pronunciaba llana).
Yo no preguntaba para qué era, simplemente lo cogía y jugaba con él. Era de un marrón oscuro, que había sido marrón claro en sus orígenes. Pulido, como con barniz. Cuando llegaba al pueblo el sábado por la mañana, iba directa a abrir el cofre del tesoro que parecía ese costurero, y lo cogía para tenerlo en mis manos e imaginar si era de alguna gallina extraña…
Una vez pregunte para qué servía. Mi abuela me dijo «Para remendar calcetines, hija mía». Y procedió con mucha paciencia a explicarme que se metía en el calcetín para mantener tirante la tela y poder zurcir mejor.
Me pregunto dónde estará ese huevo que tantos calcetines habrá reaprovechado en la posguerra . Nadie usa huevos de madera ya…
Lo que se rompe, ¿alguien lo arregla? ¿Quién está dispuesto de hoy en día coger aguja e hilo y remendar algo con paciencia?
Admiro mucho a las personas que lo hacen. Que no tiran cualquier cosa solo porque tenga agujeros. Que invierten su tiempo en mejorar algo, la resistencia del calcetín…
La sostenibilidad es solo un efecto secundario de esa habilidad tan necesaria no solo para los calcetines… Quizás deberíamos aprender un poco de aquel arte silencioso: no solo para remendar telas, sino para remendar nuestro mundo, nuestras relaciones…
El huevo de madera seguro que aparece por algún lugar. La paciencia como acto de amor es posible que escasee más de lo que nos gustaría. Quizás sea el momento de recuperarlo todo…



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